Confesiones y Reflexiones.
Un relajo inspirado en la publicación de Koldo sobre Rafael Barrett, Periódico El Nacional 22 abril 2009. (cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)
“mientras no poseí más que mi catre y mis libros fui feliz”. Ahora poseo entre otras muchas cosas una bici “de la buena”.
Siempre que quería ejercitarme bastaba con unas flexiones y una caminata enérgica por mi cuadra… ahora cada vez tengo que comprarle piezas de reemplazo cuando se dañan, lavarla, engrasarla, químicos para que no se pinchen las gomas, mantenimiento de tasas, ejes, centro, cajas de bolas, cables, simple, plato y centro. Me auto impuse, inconscientemente, un estilo de vida donde mas del cincuenta por ciento de mis amigos llevan la misma “locura”, “amor” o “vicio” por las bicis destruyendo la frágil memoria y amor por mis antiguas costumbres deportivas.
Esta bici, en un principio simple, humilde y tosca, se fue transformando en una monstruosidad sofisticada devoradora de presupuesto y de componentes exóticos que otorgan al su poseedor mucho “glamour” acompañada de su respectiva “aceptación social”
Asumido mi rol de adicto a la bici tome medidas y realicé cambios para adaptarme a todo lo ancho y largo de este universo y sin darme cuenta estaba en plena competencia, no en la pista como podría pensarse, sino en una competencia por una mejor bici, mejor de la que tuve y mejor que la de mis vecinos.
Con los vecinos, familiares y demás fisgones de mi ruta piropeándola y preguntando una artillería de indiscreciones: “cuanto costo?...es muy cara?”, “cuanto costo?...es muy cara?”, “cuanto costo?...es muy cara?” de repente abrí los ojos y vi la humanidad dividida en cuatro categoría: los que tienen mejores bici, los que tienen peores bicis, los que no tienen bicis, y los que roban bicis.
Mi vecino que siempre tuvo mejor bici que la mía y pretendía que presumir era virtud, y no dudaba en hacer gala de tan peculiar insensatez hasta que lo despedí a pedradas, claro que solo en mi imaginación, pero tal habrá sentido cuando lo ignoré en una de esas presunciones, pues le atribuyó una importancia enorme al atentado y retiró gravemente herido el cadáver de su arrogancia.
Estas situaciones con la bici fueron tensándose de tal modo que los celos por mi bici llegaron a ser de magnitudes insondables, reforcé los cerrojos de las puertas, despertaba a media noche y de madrugada para revisar que nadie irrumpía por mi bici, solo yo y el mecanico podiamos tocar mi bici.
Todavía dolido mi vecino me acaba de superar comprando una bici con “mayor aceptación social”, en otras palabras me está llevando a elevar mi presupuesto de guerra y estoy dispuesto a todo: ahora estoy comprando una nueva bici con más aceptación que la de él… ¿Donde está mi vieja tranquilidad? ¿Mi amor por otros deportes? ¿Estoy envenenado por la necesidad de aceptación y la competitividad? Ahora soy un ciclista!!!